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Un grupo de chicas dispuestas a hacer ruido, a escribir y a relatar experiencias personales para hablar de lo que nos pasa, nos interesa y nos incomoda.

La malévola industria del fitness o de cómo pasar el día en pijama

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Mucho se habla de la industria farmacéutica, de cómo nos enferman para seguir comprando pastillas, cómo nos hacen tener mala salud pero no tanta como para morirnos. Se ha hablado también de la industria de la carne, de los pollos de las hormonas que le meten y todo lo horrible que sucede en los criaderos. Se habla del petróleo, del maíz transgénico… pero eso solo es distracción para no mencionar a la industria más maldita de todas…

Nadie hasta ahora ha mencionado a la industria del fitness. Hoy quiero hablar de esta malévola industria. Primero que nada porque es muy pertinente, estamos en enero y la gente comienza con nuevos bríos (y kilos) este año, queriendo bajar todo lo que nunca en su vida han bajado, queriendo dejar atrás un pasado lleno de culpa, de pavo, de alcohol, de desayunar como si fuera comida y de cenar como si no hubiera mañana.

En segundo lugar, quiero hablar del tema porque nadie denuncia a esta maquiavélica industria que juega con nuestra mente y que confía en nuestra debilidad, inconsistencia, procrastinación y desidia. Shell, McDonalds, Monsanto, Herbalife… ninguna se compara con la mente enferma que inventó el concepto de estar fit.

¿Qué es lo que le pasa a la enferma industria del ejercicio? Bueno, lo que pasa es que primero te engañan diciendo que necesitas ropa. ¡Ropa! Específica para hacer deporte, que necesitas el perfecto soporte en tus pies para dar la media vuelta al parque que darás en todo el año. Que necesitas unos leggings que no enseñen tus calzones a la hora de agacharte para evitar ser un meme en internet, que necesitas una tela especial alrededor de tus cuantiosas carnes para que el sudor no se impregne y cuando termines de ejercitarte te sientas más sensacional que nunca.

odio el fitness

 

Ok, después de eso ya gastaste $2,500 y apenas llevas unos tenis y unos leggings. Olvidaste la botella de agua, la toalla, el bra especial, la mochilita y de paso una bandita para la cabeza. Pero tu te atreves a presentarte en un espacio de fitness y buen vestir, con tu playera del Corona Capital que compraste cuando todo se lleno de lodo y sentías que estabas en Glastonbury. Ahora tienes algo que te impulsa: ropa nueva. Ahora quieres cambiar tu vida y la maquiávelica industria lo sabe.

La señorita del gimnasio te ve de arriba abajo y ya sabe tu especie: gorda con culpa. Sabe que ofrecerá el descuento promocional de Año Nuevo: “sin inscripción y si pagas todo el año se te quitan $100”. Sabe que estás intentando cambiar tu vida, sabe que eres débil, que ves Netflix comiendo papitas, que te gusta dormir hasta tarde, que tienes más pijamas que leggings de hacer ejercicio. Sabe que durarás menos de un mes, de una semana… sabe que tal vez ni vayas a recoger tu credencial.

hate fitness

 

La industria del fitness lo sabe. Pero además de ubicar a esta gente (a la que yo pertenezco) también ubican a los adictos. Esas personas que un día, dentro de su gordura deciden con voluntad y hartazgo cambiar su apariencia. Esas personas compran todo el kit, no hay playera de Corona de por medio. Tienen todo lo que se necesita, probablemente gastarán más $5,000 en su outfit y tal vez un Wearable que mida sus pasos, por eso caen en la moda de correr: han gastado tanto que ya no alcanza pal gimnasio.

Ellos son los que se enganchan, ellos son los que alimentarán esta maldita industria en lo que vuelve a ser enero, en lo que la gente como yo regresa. Ellos tendrán sus medallas en la sala, tendrán la toalla de la carrera en el baño, ellos comenzarán un día a viajar para correr. Ellos son los perdidos, los que hablan de las modas de los nuevos deportes como Crossfit, yoga con cabras o son los locos que se van al Spartan y al Ironman. Ellos están más lejos del bien y del mal, si conoces a alguien adicto lo has perdido para siempre ante las fauces voraces de una industria que se aprovecha de su adicción a la dopamina.

 

Ellos son los zombies que alimentan la industria, son los que suben fotos en Instagram que hará el trabajo de culpa en la gente como yo que ve sus fotos con abdomen perfecto corriendo en el parque. Ellos serán el arma de venta más poderosa de la industria del fitness. Harán mierda a la gente que se presente con su playera del Corona Capital en el gym, harán mierda a la persona que come una Krispy Kreme. Ellos son parte de la secta, son parte del problema y con sus cuerpos esbeltos y bien definidos tendrán el poder superior para decirte “Correr me libera, me desconecta, deberías intentarlo”.

 

 

 

Mientras escribo veo en un rincón mis tenis nuevos, recién estrenados. ¿Lograré pasar al otro lado? ¿Lograré la adicción para esta vez engancharme? ¡No! Qué el sistema no me lleve, qué no me corrompa. En protesta vestiré mi pijama todo el día, porque aunque no somos bien vistos, somos muchos. Silenciosos abrimos el refri en la madrugada, decimos “otro ratito” cuando suena el despertador, cambiamos el gym por hacer el quehacer, ver Facebook por horas o regar las plantas (cualquier pretexto será usado en su contra) y compramos tallas más grandes aunque almacenamos tallas pequeñas en el clóset porque… “algún día me van a quedar otra vez”. 

via GIPHY

 

by Sara De Lille

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